¿Magia simpática?

Imagen cabecera: ‘Panel de los bisontes’ (Altamira – Cantabria, España)

Nos maravillamos al ver las obras del arte paleolítico, el arte rupestre de las cuevas. Nos sorprende su realismo, su magistral uso de diversas técnicas para lograr definir el volumen o incluso el movimiento.

Hablo de obras artísticas del Paleolítico Superior, en cuevas como Altamira o Chauvet. Dentro de estas obras del Paleolítico Superior nos llaman la atención especialmente las del último periodo, próximas al Mesolítico, las del estilo magdaleniense (como el conocido panel de los bisontes de Altamira), porque responden a un estilo muy realista y logrado desde nuestra visión actual.

Belleza en las formas, técnica, magistral conocimiento de la anatomía animal… Pero, ¿por qué? ¿Por qué estas obras están expresadas así? ¿Por qué las hicieron? ¿Qué significan? ¿Qué quieren contarnos?

Una de las primeras teorías, de finales del siglo XIX, es la bautizada como “magia simpática”. En ella se considera que este arte representaba a animales que los humanos prehistóricos deseaban encontrar, cazar y comer. Así pues se representaban a estos bisontes, ciervos o leones, como símbolos mágicos, objetos de deseo, siendo por esta razón de un estilo pictórico tan realista, para que “se hiciesen realidad”.

Me sorprende que hoy por hoy haya tanta gente, incluso erudita, convencida de que esta teoría sigue funcionando entre especialistas de antropología e historia del arte. Es como una de esas conclusiones ‘científicas’ (con todo el peso que la palabra “ciencia” tiene hoy día, que a veces diría que la equiparamos a la antigua “religión” por su tono sagrado, inmutable, incuestionable, que nadie ha de atreverse a desdecir) que quedan ahí en la sabiduría popular como una verdad demostrada y absoluta.

En primer lugar: ¿Cómo va a estar demostrada? Eso es imposible. Yo sé que esto suena descabellado, pero esta teoría, como otras muchas (que ya añado que hay otras muchas en cuanto a este tema, y dispares) sólo podrán demostrarse completamente el día en que, con una máquina del tiempo, nos acerquemos a la cueva de Altamira hace unos 17.000 años y, si es que da la casualidad de que los historiadores y antropólogos han catalogado con una fecha buena semejante evento, puede que nos encontremos con esa persona (mujer u hombre, por cierto, que lo mismo ellas estaban muy afanadas en sus obras artísticas y ellos cosiendo trajecitos de pieles a los retoños) y podamos preguntarle a la persona ejecutora de la obra, o grupo de personas:

—Oigan…, ¿por qué pintan ustedes esto? ¿Qué significa?

Y quién sabe qué responderían.

—Pues…, ¿y por qué demonios se le ocurre a usted venir aquí para preguntarnos algo tan evidente?
—Eeehhh…, porqueee… ¿Y qué es eso tan evidente?
—¡Pero bueno! ¿De dónde ha salido usted? ¿Es que no vive en el mundo?

Cueva de las manos, en Santa Cruz (Patagonia, Argentina)

En fin, dejándome de bromas. Esta teoría de la magia simpática fue reemplazada muy pronto por otras. Y así, Leroi-Gourhan, en los años cincuenta del siglo XX, nos planteó algo: ¿Por qué esos leones, bisontes y caballos aparecen siempre al fondo de las cuevas? ¿Y por qué al inicio de éstas suelen haber solamente símbolos y manos (mediante la técnica de soplado)? Él elaboró una nueva teoría donde establecía que cada cueva, cada “templo”, como él denominaba a estas cuevas, organizaba la disposición de figuras según una idea de trasfondo que desconocíamos. Llegó a asociar cada tipo de animal representado con conceptos de masculinidad y feminidad.

Y otra teoría más reciente, la “chamánica“, nos habla de que estas pinturas representan diferentes estadios de un estado alterado de conciencia, siendo los símbolos el primero (entrada de la cueva) y, conforme entramos, los animales de aspecto realista corresponderían al estado más alterado de conciencia o último estadio.

Pero yo, humilde estudiante de Historia del Arte, sólo pretendo decir con todo esto, con ese viaje al pasado remoto y ese encuentro chocante con aquellas personas que realizaron estas obras, además de citando la existencia de otras teorías añadidas a la de la magia simpática, que muy poco sabemos sobre el porqué de las pinturas rupestres, sobre su significado, su necesidad creadora, su magia o no magia, su religión o no religión.

Símbolos en la cueva de Las Monedas (Cantabria, España)

Siempre que analizamos el arte lo hacemos desde el punto de vista de nuestra propia época. Parece fácil acertar o acercarnos al significado puro del arte renacentista, del barroco o del gótico, pero… ¿Cómo nos acercamos a un arte tan remoto en el tiempo? ¿Cómo escrudiñar su sentido, su lógica? ¿Acaso aquellas gentes tenían en su idioma una palabra llamada “arte”, o que designara lo que hoy entendemos por “arte”? ¿Y “magia”? ¿Diferenciaban entre magia y realidad, entre lo físico y lo mágico, entre una representación y el objeto físico auténtico representado? ¿O quizás todo estaba más mezclado, más permeable, más fluido? No, efectivamente no podemos trazar una única teoría universal, una especie de verdad inmutable.

Y, mientras, esas figuras siguen permaneciendo ahí, desafiando nuestras explicaciones, como si realmente estuviesen por encima de palabras, teorías, enigmas por descubrir, o verdades que demostrar.

‘Panel de los leones’, Cueva de Chauvet (Francia)

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