‘El Séptimo Sello’ (Ingmar Bergman, 1957)

Acercarse a la obra El Séptimo Sello de Ingmar Bergman es una invitación a plantearse los conceptos de “buen” o “mal cristiano” en diversos personajes, con una visión medieval, ya que la historia transcurre en el siglo XIV, pero con una proyección en el momento contemporáneo del siglo XX que se realiza el film: los años 50.

En estos años, Bergman no es el único que pone encima de la mesa un análisis crítico de la religión cristiana. Muy cerca de él está nuestro Buñuel.

Un caballero y su escudero regresan a sus tierras escandinavas tras haber luchado en las Cruzadas. Sin duda estos dos personajes recuerdan, en cierta forma, a Don Quijote y Sancho Panza: el caballero es hombre justo y serio, mientras que su escudero Juan, como él mismo dice: “es tan sólo eso, el escudero Juan, se burla de todo, de Dios, de sí mismo y trata de cortejar a las mujeres”. Mientras el caballero, el protagonista, posee una estricta moral cristiana y sufre porque “no puedo alcanzar a Dios”, y se pregunta a sí mismo: “¿por qué Dios se nos oculta tras un velo y una lista de promesas…?”, promesas de las que empieza a dudar, en una clara crisis de fe; su escudero dice, hablando con un pintor de frescos en una pequeña iglesia: “Y es que…, por más vueltas que le demos, el trasero lo tenemos siempre detrás”.

Los otros protagonistas son una familia de juglares. El juglar José y su esposa María viajan con un compañero de profesión y su bebé Miguel. Los juglares son despreciados en el pueblo en el que actúan. Pero claramente esta familia representa a la Sagrada Familia: los más pobres, los más despreciados en su época, además de quienes aprecian más la vida, son los que ríen, comparten y disfrutan, siendo generosos y apreciando lo positivo de la vida. Frente a ellos el caballero y los demás personajes muestran una visión de la vida amarga, desilusionada, desconfiada…

El caballero juega una partida de ajedrez con la Muerte, que viene a buscarle. Este es el eje central de la historia. Se aferra a la vida y decide jugar esa partida con Ella para retrasar su fecha de ida de este mundo. Mientras tanto, conoce a la familia de juglares y trata de salvarles de la peste negra que acecha los alrededores, acompañándoles junto a su escudero y otra chica que encuentran, por un entramado y oscuro bosque.

Este viaje parece la prueba que todos han de cruzar, el paso por un mundo oscuro y de tinieblas donde la familia de juglares sabe ver a tiempo que la Muerte está allí y que han de huir. Mientras tanto, aquellos otros personajes más desilusionados con la vida y unidos de alguna forma al caballero, son llevados por la Muerte, y José, esposo de María y padre del pequeño Miguel, les ve danzar con ella, hasta que el amanecer ilumina su camino y el de su familia, como si aferrarse a la vida fuese más un acto de disfrute y de optimismo, de amor, una respuesta natural y feliz del deseo de vivir, que una mera súplica insistente, un constante rezo exigente a Dios, o un seguir las doctrinas férreas de la Iglesia llevando la guerra a Tierra Santa.

Aquéllos que, a simple vista, no son héroes o grandes figuras, parecen ser quienes comprenden el auténtico sentido de la vida, y así parecen ser invitados o atraídos a ella.

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