Obra: ‘Las señoritas de Aviñón’ (Picasso) – Comentario personal

Al lanzar la mirada, en un primer vistazo, veo una imagen extrañamente moderna, a pesar de sus ciento once años de vida. Quizás tengo marcada esa imagen de lo que nuestros abuelos entendían por “lo moderno”, o seguramente continúa siendo moderna…

Una multiplicación de formas se pliegan, como un puñado de bloques amontonados, sonando papel doblado, o sábanas, o cortinas de este burdel de Avignon. Máscaras africanas, arquetipos íberos en el centro…, ¡pero qué locura de formas mezcladas! Aunque no…, observando bien, y cuanto más miro, todo parece explicarse y tener gran sentido, no habiendo absolutamente ningún trazo al azar.

Me llama la atención el rosa de sus pieles, esos tonos cálidos… ¿Cómo es posible que en unas formas tan antinaturales siento la presencia de esos cuerpos desnudos? Ellas se están mostrando, y en una multiplicidad de gestos, de posturas, de puntos de vista. Lo que en un primer vistazo era bloques amontonados se convierte ahora en un caleidoscopio que invita a la tridimensionalidad sólo así posible dentro de una representación tan plana, sin profundidad, sin volumen.

Y es que el cuadro es mágico, sí…, pues mágicamente se desdobla en una suerte de papiroflexia creando una estrafalaria tridimensionalidad. Y cuántos habrán dicho ante esa obra: “¿Por qué lo pintó así? ¿Es que no sabía pintar?” Sí, claro que Picasso sabía pintar, pero sabía más que eso. Supo romper las leyes impuestas para crear tridimensionalidad y perspectiva, aquellas que quinientos años atrás establecieron los renacentistas. Y supo romper la forma habitual de representación humana occidental, sin tampoco abandonarla, sino uniéndola a formas de representación, que para él eran tan válidas como las occidentales, como el arte negro africano, el arte egipcio o el arte íbero antiguo.

Y curiosamente, usando estos arquetipos de otras culturas, aprovecha estas formas para introducir un rasgo de modernidad: otro punto de vista, otra manera de contar la realidad. Ahora la mujer desnuda no es esa bella cortesana de La Venus de Urbino de Tiziano, o La Venus frente al espejo de Velázquez, que parecen felices, tranquilas, autocomplacientes…, ¿verdaderamente era eso realismo? Ahora estamos ante mujeres de gesto serio (las dos del centro), que no son prostitutas por placer, sino por necesidad de comer, y muestran gestos de miedo, incluso de aburrimiento. Según miramos a uno u otro ojo de estas dos damas íberas, esos ojos tan descolocados uno respecto al otro, captamos uno y otro sentimiento.

¿Y esas máscaras negras? ¡Qué sensación tan terrible producen! Es como si se anunciara la muerte de ellas, o la negación de estas personas, o es la máscara que han de llevar en su trabajo que las expone a cualquier cosa.

No es un cuadro bello, no estamos ante aquellas formas armónicas y tranquilas de tiempos pasados. ¡Claro que no! ¿Y por qué habría de ser bella la representación de una vida sórdida e insegura?

¿Magia simpática?

Imagen cabecera: ‘Panel de los bisontes’ (Altamira – Cantabria, España)

Nos maravillamos al ver las obras del arte paleolítico, el arte rupestre de las cuevas. Nos sorprende su realismo, su magistral uso de diversas técnicas para lograr definir el volumen o incluso el movimiento.

Hablo de obras artísticas del Paleolítico Superior, en cuevas como Altamira o Chauvet. Dentro de estas obras del Paleolítico Superior nos llaman la atención especialmente las del último periodo, próximas al Mesolítico, las del estilo magdaleniense (como el conocido panel de los bisontes de Altamira), porque responden a un estilo muy realista y logrado desde nuestra visión actual.

Belleza en las formas, técnica, magistral conocimiento de la anatomía animal… Pero, ¿por qué? ¿Por qué estas obras están expresadas así? ¿Por qué las hicieron? ¿Qué significan? ¿Qué quieren contarnos?

Una de las primeras teorías, de finales del siglo XIX, es la bautizada como “magia simpática”. En ella se considera que este arte representaba a animales que los humanos prehistóricos deseaban encontrar, cazar y comer. Así pues se representaban a estos bisontes, ciervos o leones, como símbolos mágicos, objetos de deseo, siendo por esta razón de un estilo pictórico tan realista, para que “se hiciesen realidad”.

Me sorprende que hoy por hoy haya tanta gente, incluso erudita, convencida de que esta teoría sigue funcionando entre especialistas de antropología e historia del arte. Es como una de esas conclusiones ‘científicas’ (con todo el peso que la palabra “ciencia” tiene hoy día, que a veces diría que la equiparamos a la antigua “religión” por su tono sagrado, inmutable, incuestionable, que nadie ha de atreverse a desdecir) que quedan ahí en la sabiduría popular como una verdad demostrada y absoluta.

En primer lugar: ¿Cómo va a estar demostrada? Eso es imposible. Yo sé que esto suena descabellado, pero esta teoría, como otras muchas (que ya añado que hay otras muchas en cuanto a este tema, y dispares) sólo podrán demostrarse completamente el día en que, con una máquina del tiempo, nos acerquemos a la cueva de Altamira hace unos 17.000 años y, si es que da la casualidad de que los historiadores y antropólogos han catalogado con una fecha buena semejante evento, puede que nos encontremos con esa persona (mujer u hombre, por cierto, que lo mismo ellas estaban muy afanadas en sus obras artísticas y ellos cosiendo trajecitos de pieles a los retoños) y podamos preguntarle a la persona ejecutora de la obra, o grupo de personas:

—Oigan…, ¿por qué pintan ustedes esto? ¿Qué significa?

Y quién sabe qué responderían.

—Pues…, ¿y por qué demonios se le ocurre a usted venir aquí para preguntarnos algo tan evidente?
—Eeehhh…, porqueee… ¿Y qué es eso tan evidente?
—¡Pero bueno! ¿De dónde ha salido usted? ¿Es que no vive en el mundo?

Cueva de las manos, en Santa Cruz (Patagonia, Argentina)

En fin, dejándome de bromas. Esta teoría de la magia simpática fue reemplazada muy pronto por otras. Y así, Leroi-Gourhan, en los años cincuenta del siglo XX, nos planteó algo: ¿Por qué esos leones, bisontes y caballos aparecen siempre al fondo de las cuevas? ¿Y por qué al inicio de éstas suelen haber solamente símbolos y manos (mediante la técnica de soplado)? Él elaboró una nueva teoría donde establecía que cada cueva, cada “templo”, como él denominaba a estas cuevas, organizaba la disposición de figuras según una idea de trasfondo que desconocíamos. Llegó a asociar cada tipo de animal representado con conceptos de masculinidad y feminidad.

Y otra teoría más reciente, la “chamánica“, nos habla de que estas pinturas representan diferentes estadios de un estado alterado de conciencia, siendo los símbolos el primero (entrada de la cueva) y, conforme entramos, los animales de aspecto realista corresponderían al estado más alterado de conciencia o último estadio.

Pero yo, humilde estudiante de Historia del Arte, sólo pretendo decir con todo esto, con ese viaje al pasado remoto y ese encuentro chocante con aquellas personas que realizaron estas obras, además de citando la existencia de otras teorías añadidas a la de la magia simpática, que muy poco sabemos sobre el porqué de las pinturas rupestres, sobre su significado, su necesidad creadora, su magia o no magia, su religión o no religión.

Símbolos en la cueva de Las Monedas (Cantabria, España)

Siempre que analizamos el arte lo hacemos desde el punto de vista de nuestra propia época. Parece fácil acertar o acercarnos al significado puro del arte renacentista, del barroco o del gótico, pero… ¿Cómo nos acercamos a un arte tan remoto en el tiempo? ¿Cómo escrudiñar su sentido, su lógica? ¿Acaso aquellas gentes tenían en su idioma una palabra llamada “arte”, o que designara lo que hoy entendemos por “arte”? ¿Y “magia”? ¿Diferenciaban entre magia y realidad, entre lo físico y lo mágico, entre una representación y el objeto físico auténtico representado? ¿O quizás todo estaba más mezclado, más permeable, más fluido? No, efectivamente no podemos trazar una única teoría universal, una especie de verdad inmutable.

Y, mientras, esas figuras siguen permaneciendo ahí, desafiando nuestras explicaciones, como si realmente estuviesen por encima de palabras, teorías, enigmas por descubrir, o verdades que demostrar.

‘Panel de los leones’, Cueva de Chauvet (Francia)

Laylah Ali: virtuosismo artístico y compromiso histórico

Laylah Ali es una artista contemporánea que nos coloca en el límite de la realidad, al menos visualmente hablando, porque el contenido que expresa es terriblemente real.
El virtuosismo de sus ilustraciones, con un detallismo mecánico, modular o reticular, de colores a base de gouache curiosamente mezclados y contrastados, le sirve para ilustrar unos seres que casi parecen de otro planeta, aunque al comprender la temática entendemos que sí son de nuestra tierra.


Su técnica va desde el lápiz y la tinta china al gouache. Sus trabajos son sumamente minuciosos y destaca en ellos los tonos brillantes en contraposición a tonos oscuros, que vemos normalmente en los personajes, creándose la característica tensión de las obras de Ali. Realmente esta conjunción del color tan característica en ella le funciona muy bien para llamar la atención del observador y dejarle como en vilo.


Su temática trata sobre episodios de la historia, de la política, además de relaciones sociales, mostrándonos episodios históricos violentos, desigualdad entre razas, mujeres veladas y tapadas, o momentos congelados justo antes o justo después de un acto violento. De todas formas Ali no suele mostrar un episodio concreto histórico, o una posición política fijada. Sus expresiones van mucho más lejos, dejándonos escenas que invitan a la reflexión y no cayendo nunca en simples mensajes que podrían quedar tan sólo en lo moral.


En su estilo vemos referencias al arte egipcio, al arte precolombino, pero a mí me recuerda especialmente al ilustrador modernista de finales del XIX Aubrey Beardsley, sobre todo en sus decoraciones reticulares en cabellera y vestiduras de los personajes y en la estilización de las figuras.

 


En definitiva, Laylah Ali es mujer destacada en el campo de la ilustración, pero también lo es dentro de la Hª del Arte, mostrando una interesante versión de nuestro mundo actual, contándonos los errores de nuestra sociedad y de nuestra Historia reciente sin tapujos.